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LA SOCIEDAD
Las clases sociales
Entre finales del siglo VIII a.C. y principios del siglo VI
a.C., el comercio fenicio y griego, y los hombres que se desplazaban
para fundar colonias o para crear nuevos círculos artesanales,
transformaron la cuenca del Mediterráneo en un entorno
culturalmente homogéneo, fuertemente permeado por ideologías,
formas de vida, de residencia y de ocio similares, cuyas raíces
se hundían en el mundo del Oriente Próximo, todo
ello controlado por grandes familias aristocráticas,
unidas por relaciones familiares o de hospitalidad. Las figuras
de estos “jefes de clan”, que en el ajuar funerario
se presentan sobre todo como heroicos príncipes guerreros,
aparecen ampliamente documentadas en toda la Etruria. Como ha
señalado Eveline Scheid Tissinier: eran los “guías”,
heqemones, los “reyes”, basileis, los “mejores”,
aristoi, los que combatían “en primera línea”,
promachoi, mientras los batallones constituidos por los hombres
de la tropa, los laoi, permanecían en segundo plano.
En un mundo en el que el valor estaba estrechamente ligado al
rango social estos hombres poseían necesariamente la
excelencia guerrera que permitía considerarlos “héroes”,
un término que alude también a los valores del
honor y del valor, que marca el comportamiento de estos aristócratas
y que condiciona sus pensamientos y sus reacciones. Las tierras,
el ganado y los siervos constituían las riquezas de la
aristocracia, mientras que los pequeños propietarios,
artesanos y adivinos, autónomos o dependientes, componían
el estrato más bajo de las pequeñas comunidades
(el aspecto material de la casa de un príncipe permite
determinar la relación entre la producción de
riqueza y la forma en que ésta se utiliza para mostrar
el estatus social del propietario).
Pero si la referencia ideológica es el modelo homérico,
la exterioridad y la pompa remiten a tipologías orientales.
Estos príncipes guerreros, conocidos sobre todo a través
de la información que aportan los monumentos funerarios,
invertían el excedente de sus recursos en la adquisición
de bienes suntuarios (esto produjo un cambio en la estructura
monumental de las residencias palacios y de las tumbas). En
un número limitado de tumbas de prestigio excepcional
se han hallado vasos y otros objetos de lejana procedencia cargados
de un fuerte valor simbólico asociado al poder político
y religioso, lo que lleva a interpretar estas importaciones
como obsequios de presentación ofrecidos por los agentes
de las oligarquías fenicias, con el fin de establecer
relaciones económicas duraderas con los potentados etruscos
que controlaban los recursos locales. “Presentes de rey”,
que implican el reconocimiento, por parte de los sujetos políticos
externos, de la condición social superior de algunas
gentes dentro Durante los siglos VI y V a.C. se ponen en marcha
una serie de procesos que llevan a experimentar nuevas formas
de gobierno en las ciudades estado de Etruria, con modalidades
diversas y en momentos diferentes según se trate de una
u otra ciudad. La tendencia hacia una evolución timocrática
de la estructura social, es decir, basada en el censo y no en
los vínculos de sangre, va a la par con la afirmación
de las monarquías de tipo tiránico, que acaban
por caer a finales del siglo VI a.C. y dan lugar a formas de
gobierno de tipo republicano. El crecimiento de las ciudades
y la proliferación de intercambios comerciales en manos
de gentes de orígenes y extracción social diferentes,
con la consiguiente riqueza que de tales intercambios se deriva,
comportan la aparición de nuevas figuras en el seno de
la aristocracia tradicional. Se produce un desarrollo de la
sociedad que alcanza incluso a las capas menos favorecidas,
dando cabida a nuevos actores y modelos sociales. No obstante,
hay que señalar que esta nueva clase “acomodada”,
cuya fuerza procedía de las actividades productivas y
de intercambio, así como de la posesión de la
tierra, tendió a imitar los estilos de vida de la clase
aristocrática, tal como lo demuestra la extraordinaria
producción artesanal y artística que caracteriza
este periodo. |
El papel de la mujer
Las mujeres gozaban de una gran relevancia y consideración,
sobre todo en lo que a las relaciones con otras comunidades
se refiere (dentro o fuera del área etrusca). Se aprecia,
por ejemplo, la participación fundamental de la mujer
en la circulación de bienes, en los que los objetos de
ornamento femenino eran parte esencial.
Los hombres defendían a sus familias y a sus posesiones
como guerreros mientras que las mujeres debían engendrar
y criar a los futuros guerreros, por lo que todas las mujeres
estaban destinadas al matrimonio. Para ilustrar el papel de
la figura femenina en el entorno aristocrático etrusco
se puede acudir al caso del corintio Demarato, de la familia
de los Baquiadas que, casado con una etrusca noble, llegó
a ejercer una posición dominante en la ciudad de Tarquinia.
Era muy frecuente el matrimonio de un extranjero con una mujer
etrusca, si la muchacha era de origen tan noble que en su tierra
no pudiese encontrar un pretendiente que estuviera a su altura.
Casarse con un desconocido no sólo era un sistema que
permitía no menoscabar la categoría de la familia,
sino también una forma de no alejarse de la propia casa,
pues era el extraño el que se integraba al grupo familiar
de la esposa y los hijos de la nueva pareja los que perpetuarían
la familia materna. La mujer era portadora de riquezas y de
noble ascendencia y el matrimonio era el instrumento privilegiado
para la alianza entre comunidades o familias, un vínculo
de relaciones políticas entre familias aristocráticas
más allá de los bienes que sancionan la alianza
contraída entre dos familias. La importancia concedida
en Etruria a la familia de la mujer queda patente por la presencia,
a partir del siglo VII a.C., del patronímico en la onomástica,
lo que indica que la descendencia femenina servía para
asegurar, por sí sola, la ciudadanía. La onomástica
revela una relación particular de la mujer con sus padres,
con su marido y con sus hijos, aunque no se puede conjeturar
la existencia en la sociedad etrusca del matriarcado (estudios
realizados por antropólogos e historiadores, reflejan
que el matriarcado etrusco era más una construcción
intelectual que una realidad histórica). Hay que señalar
que se han hallado objetos particularmente significativos de
la realeza, como escudos, tronos, cetros o carros, en contextos
ciertamente atribuibles a mujeres. Así pues, parece que
la esposa del príncipe asumía algunas de sus prerrogativas. |
La escritura
Del largo proceso de estratificación ocurrido en el periodo
prealfabético, que desembocó en el etrusco histórico,
se entrevén sólo indicios, en elementos de orden
léxico y morfológico, que señalan al etrusco
como lengua no indoeuropea, tipológicamente distinta
de las lenguas clásicas. Sin embargo, la contigüidad
territorial entre los pueblos llevó, con el paso de los
siglos, a una koiné cultural entre etruscos, latinos
y griegos que favoreció, en los periodos protohistórico
e histórico, un acercamiento de las respectivas lenguas.
Intercambios de léxico y a veces incluso de elementos
gramaticales contribuyeron, sobre todo, a que se compartiera
una realidad histórica con modos de expresión
comunes en el campo de los rituales, de las relaciones sociales
y de la epigrafía funeraria. De esta manera, ayudándose
también con datos extralingüísticos, hoy
se puede comprender el sentido de la mayoría de las inscripciones
etruscas y traducir textos breves. Si bien la tradición
romana transmitida por Tácito atribuye la introducción
del alfabeto en Etruria al corintio Demarato, de la estirpe
de los Baquiadas, un noble y rico mercader que, a causa de la
llegada a Corinto del tirano Cipselos, se habría trasladado
en torno a 650 a.C. a Tarquinia; los descubrimientos arqueológicos
ponen de manifiesto que el proceso fue mucho más complejo
y que se había iniciado mucho antes, remontándose
las primeras inscripciones a principios del siglo VII a.C.
En los primeros dos siglos a partir de la introducción
de la escritura, las inscripciones que se encuentran con mayor
frecuencia son las de posesión o de donación,
en las que el mensaje es comunicado a través del objeto
“parlante”, según un uso documentado ya en
el VIII a.C., en Grecia. Escritas en una gran variedad de objetos,
las inscripciones de posesión aparecen sobre todo en
vasos, el tipo de manufactura que siempre está presente
en los ajuares sepulcrales etruscos por la creencia en la perdurabilidad
de la vida en la ultratumba. La presencia de escritura en distintos
ajuares funerarios, casi siempre “principescos”,
pone de manifiesto que ésta era, al menos en su origen,
prerrogativa de las clases elevadas. Un proceso análogo
ocurre en las inscripciones de obsequios, estrechamente conectadas
(especialmente en el periodo arcaico) con las definidas como
de posesión ya que ambas forman parte del llamado “circuito
del obsequio”, una práctica conocida en el mundo
homérico, propia de una sociedad aristocrática
cuyos miembros, mediante presentes ceremoniales de bienes de
valor, instauran relaciones entre diferentes comunidades y gestionan
los intercambios comerciales. Estas relaciones interpersonales
se solemnizaban en los banquetes, en Etruria abiertos también
a las mujeres, que constituían ocasiones para intercambios
de regalos, de mensajes amatorios y de buenos deseos.
A finales del siglo VI a.C., con la incipiente organización
urbana y estatal, la práctica del presente entre aristócratas
se extingue y son los dioses los destinatarios de presentes, como búsqueda
vinculante de reciprocidad de favores (se abandona la fórmula
del objeto “parlante”). Tras la formación
de las comunidades urbanas los santuarios se convierten en centros
de cultura y, en algunos casos, también en sedes de escuelas
de escritura, a partir de lo cuales se difunde en los diferentes
estratos sociales. Sin embargo, continúa siendo un saber
circunscrito y mantiene un carácter de prestigio. Con
sucesivas modificaciones y modalidades diferentes según
las áreas geográficas se llegó, a principios
del siglo III a.C., a una especie de alfabeto nacional de veinte
letras. |
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