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RELIGIÓN Y MUNDO FUNERARIO
Considerados en el mundo antiguo como un pueblo muy religioso,
la esencia de su religiosidad estaba marcada por un sentido
de casi total anulación de la personalidad humana frente
a la voluntad divina, garante del orden y la racionalidad. La
convicción de que todo lo que sucedía en el mundo
de los hombres no ocurría por casualidad, sino que era
previsible, determinaba la exigencia de interpretar la voluntad
de los dioses por mediación de expertos en las artes
adivinatorias y la necesidad de disponer de normas rituales
bien definidas que debían ser observadas escrupulosamente.
En el ámbito de la religión etrusca, el examen
de las vísceras de los animales sacrificados tenía
gran importancia en las prácticas adivinatorias y se
confiaba a un tipo particular de sacerdote, el “arúspice”,
que tenía la misión de interpretar la voluntad
de los dioses leyendo el mensaje impreso en las vísceras
por la propia divinidad. Los arúspices pertenecían
a los rangos más elevados de la sociedad y gozaban de
gran fama y prestigio, beneficios derivados del hecho de que
todos los aspectos de la vida pública y privada estaban
condicionados por sus respuestas (llegaban incluso a modificar
equilibrios políticos de gran importancia con sus interpretaciones
de los auspicios). Estos sacerdotes y su disciplina tuvieron
en Roma una amplia acogida y numerosos seguidores hasta la época
imperial.
La “disciplina” etrusca se funda en la doctrina
revelada por el joven Tages, el nieto de Júpiter milagrosamente
surgido de la tierra durante el arado, que dictó los
elementos fundamentales a seguir por los doce populi de Etruria,
que se reunían con ocasión de las celebraciones
anuales de carácter nacional en el santuario del dios
Voltumna. Además de esta ocasión comunitaria,
cada ciudad etrusca celebraba numerosas fiestas en sus santuarios
en honor a las distintas divinidades que caracterizaban el panteón
etrusco, formado en gran parte por divinidades indígenas
pero asimiladas en cuanto a su aspecto exterior a las del mundo
griego y latino. Los dioses más importantes eran Tinia
(asimilable al Zeus de los griegos y al Júpiter de los
romanos), Uni (protectora de los nacimientos y de las ciudades
que tenía su homóloga en la griega Hera, convertida
en Juno por los latinos) y Menrva (divinidad de origen etrusco
o itálico, asimilada a Atenea). Estas divinidades formaron
la triada etrusca que, en Roma, fue objeto del culto más
importante de la ciudad con los nombres de Júpiter, Juno
y Minerva. Con la introducción de la mitología
griega en el mundo etrusco, durante la primera mitad del siglo
VI a.C., entraron a formar parte de las divinidades veneradas
en Etruria el héroe griego divinizado Hércules
(Hercle),y Ártemis (Aritimi), la hermana de Apolo, llamada
por los latinos Diana. Finalmente, del mundo latino, o más
genéricamente itálico, provienen algunas divinidades
conectadas con las fuerzas reproductivas del hombre y de la
naturaleza, con el paisaje primordial y con el más antiguo
ciclo agrario: Maris, Nethuns y Saturnus.
El culto celebrado en los santuarios contemplaba la ofrenda
a la divinidad de presentes votivos para propiciar el favor
de los dioses o como agradecimiento por las peticiones cumplidas.
Si bien las ofrendas consistían en objetos de distintos
tipos, la gran mayoría eran estatuas que representaban
a la divinidad venerada en el santuario, al oferente o, simbólicamente,
a los animales sacrificados. A menudo se ofrecían objetos
preciosos (vasos de importación griega o de manufactura
local), representaciones en terracota o bronce de partes del
cuerpo humano afectadas por enfermedades (especialmente en los
santuarios dedicados a divinidades vinculadas a la salud) y
simples productos de la naturaleza. Por su carácter sagrado,
las ofrendas no podían ser destruidas y después
de un cierto tiempo se depositaban ritualmente en pozos o depósitos
subterráneos denominados favisse. Estas ofrendas constituyen
una fuente inagotable de información para el estudio
de las creencias, del culto e incluso del estatus económico
y social de las personas que frecuentaban estos santuarios. |
Las necrópolis
El siglo VI a.C. señala el declive de la cultura principesca
que, durante el siglo anterior, había hecho proliferar
en Etruria las necrópolis con túmulos monumentales
destinados a albergar los restos de los príncipes y sus
lujosos ajuares funerarios. Durante los siglos VI y V a.C. se
ponen en marcha una serie de procesos que llevan a experimentar
nuevas formas de gobierno en las ciudades estado de Etruria,
con modalidades diversas y en momentos diferentes según
se trate de una u otra ciudad. La proliferación de intercambios
comerciales en manos de gentes de orígenes y extracción
social diferentes, con la consiguiente riqueza que de tales
intercambios se deriva, comportan la aparición de nuevas
figuras en el seno de la aristocracia tradicional. Se produce
un desarrollo de la sociedad que alcanza incluso a las capas
menos favorecidas, dando cabida a nuevos actores y modelos sociales.
Tales cambios se manifiestan en los usos funerarios, en la tipología
y en la organización de las necrópolis. Frente
a las grandes tumbas con túmulo, expresión monumental
de los grupos aristocráticos de la época orientalizante,
cada vez más en declive, se van consolidando las tumbas de cámara,
generalmente destinadas a la pareja conyugal (expresión
de la familia y de la fortuna económica de las nuevas
clases emergentes). En Caere y Volsinii, las necrópolis
del siglo VI a.C. se caracterizan por el gran número
de tumbas “de dado”, de tipo y medidas casi estandarizados,
con ajuares modestos. Se trata de auténticas “ciudades
de los muertos” organizadas según los planes urbanísticos
de las “ciudades de los vivos”. En Tarquinia los
túmulos son muy reducidos con cámaras funerarias,
en general de pequeñas dimensiones, destinadas al enterramiento
de la pareja marital únicamente. En Vulci, como prueba
de que las aristocracias no siempre se dejaban involucrar fácilmente
en este proceso de transformación de la sociedad, al
menos en la primera mitad del siglo VI a.C., persisten algunas
sepulturas extraordinarias, como el gigantesco túmulo
de la Cuccumella o la tumba de Iside, con un ajuar espectacular.
Como ejemplo de la evolución experimentada por las “ciudades
de los muertos” en el transcurso de las épocas
arcaica y clásica se pueden tomar en consideración
las necrópolis de dos grandes centros de la Etruria meridional
costera: Cerveteri y Tarquinia. El paisaje de la necrópolis
de Cerveteri se caracteriza por los imponentes túmulos
orientalizantes de planta circular, pero también son
singulares las tumbas de cámara que, en su interior,
reproducen aspectos de la arquitectura doméstica. A partir
del final del siglo VII a.C. y durante todo el periodo arcaico,
el esquema más extendido es el de la tumba con dos cámaras
en eje (aunque también sea frecuente la tumba con una
estancia transversal), en cuyo fondo se abren tres cellas (tampoco
faltan versiones simplificadas con sólo dos cellas e
incluso de cámara única). Al igual que en la época
precedente los lechos fúnebres son distintos según
el sexo: sarcófagos con tímpano triangular para
las mujeres y kline con patas modeladas para los hombres. El
ajuar incluye bancos, mesas, sillas, bargueños y reproducciones
de cestas cilíndricas de mimbre. En las paredes, frecuentemente
se hallan escudos esculpidos o pintados, y en el vestíbulo,
también esculpidos, dos tronos con reposapiés,
alusivos a la pareja de los antepasados que iniciaron la saga
familiar. A partir de la primera mitad del siglo VI a.C., aparece
un nuevo tipo de tumba llamada “de dado”, creación
característica de Cerveteri, que encontrará eco
inmediato en otros lugares. Los dados son edificios cuadrangulares
provistos de fachada, a veces construida con bloques cuadrados
y coronada con marcos moldurados, con varias tumbas en su interior
colocadas unas al lado de las otras. Este tipo de tumba estandarizada
y, por tanto, particularmente adecuada para la clase media alta
de la población, era fácilmente integrable en
una planificación de naturaleza urbanística y,
de hecho, las sepulturas están alineadas a lo largo de
calles rectilíneas o bordeando pequeñas plazas,
como si se tratara de una verdadera implantación urbana.
El interior de la tumba también evoca la arquitectura
doméstica, con tres estancias alineadas o con un atrio
al que dan una o más cellas, decoradas con reproducciones
de mobiliario esculpido en la piedra. A partir de finales del
siglo VI a.C., prevalece la tumba con una sola cámara
de mayores dimensiones, con un pilar central y un banco continuo
en las paredes, indicio de un cambio de dirección respecto
a la representación de la casa. No es casualidad que
ahora aparezcan en Etruria las primeras alusiones a un más
allá tomado del mundo griego, distinto del mundo terrenal,
signo evidente de que se apaga la doctrina de tipo primitivo
que preveía la supervivencia del difunto en la tumba.
En los sepulcros más recientes se excavan numerosos nichos
parietales a lo largo de las paredes y encima del banco, con
el fin de incrementar el espacio útil para los enterramientos.
A partir del siglo IV a.C., quizá por la creciente dificultad
para encontrar nuevos espacios funerarios y en un intento de
explotar capilarmente el subsuelo, se procede a la excavación
de vías y plazas profundamente encajadas en la roca,
con las tumbas excavadas en el nivel más bajo.
En Tarquinia, a partir de las postrimerías del siglo
VII a.C, se afirma una tipología de tumba hipogea que,
en general, se mantendrá sin cambios durante cerca de
dos siglos. Consiste en una pequeña cámara cuadrangular
excavada en la roca a la que se desciende a través de
un corredor con rampa o con peldaños y con tejado a doble
vertiente y viga central; con un túmulo de modestas dimensiones.
Solo el tres por ciento de los hipogeos identificados hasta
hoy presenta las paredes y el techo pintados, es decir, las
sepulturas pertenecientes a la aristocracia de antigua y nueva
formación, pues evidentemente sólo las clases
más acomodadas podían permitirse el lujo de hacer
pintar sus sepulcros. Ésta es una costumbre documentada
en distintos centros etruscos (Veyes, Vulci, Orvieto, Chiusi,
etcétera), pero solo en Tarquinia alcanza tales proporciones
y se prolonga tanto en el tiempo, con un arco cronológico
que va desde finales del siglo VII al III a.C., prácticamente
durante todo el periodo de vida de la ciudad (las pinturas de
las cámaras funerarias son particularmente significativas
porque constituyen un fiel espejo de la vida y de la muerte
de los etruscos y de su concepto del más allá).
El estilo de las pinturas más antiguas, siglo VI a.C.,
indica la presencia de pintores extranjeros, sobre todo artistas
greco orientales inmigrados desde la Jonia asiática,
puestos al servicio de las aristocracias etruscas. Reflejan
una concepción primitiva de la muerte según la
cual el difunto sobrevive allí donde su cuerpo ha sido
depositado. Durante la primera mitad del siglo VI a.C., la decoración
pictórica se limita, fundamentalmente, a evidenciar los
elementos arquitectónicos del sepulcro (la puerta, las
vigas del tejado, etcétera) y a decorar con parejas de
animales feroces los dos pequeños tímpanos triangulares
de las paredes cortas de la cámara (alusión a
las amenazadoras criaturas que acompañaban al difunto
en su viaje ultraterreno). A partir del año 530 a.C.,
aproximadamente, la decoración se extiende a todas las
superficies de la cámara sepulcral. Esta extraordinaria
“pinacoteca subterránea”, nacida de incorporar
a la tradición local las aportaciones artísticas,
culturales e ideológicas del mundo griego, constituye
una fuente inagotable de conocimiento sobre la vida y la muerte
de los etruscos y sus creencias religiosas. Las escenas de caza
y pesca, la frecuente referencia a paisajes marinos, los banquetes
amenizados con música y danzas, las celebraciones de
despedida del fallecido y los juegos fúnebres en honor
del difunto constituyen referencias explícitas a la vida,
a los pasatiempos y a las actividades cotidianas de las aristocracias
y de las nuevas élites dominantes, al igual que las largas
y articuladas ceremonias que distinguían sus funerales.
Pero algunos de estos temas aluden también, aunque de
forma menos explícita, al viaje que debía emprender
el difunto para alcanzar la Isla de los Beatos, donde tendría
lugar el eterno simposio que, finalmente, verá a todo
el clan familiar reunido en el banquete. No faltan referencias
a cultos tomados del mundo griego y ligados al mundo de ultratumba,
por ejemplo el culto a los Dióscuros, los hermanos divinos
que entran y salen del hades, particularmente indicados, por
tanto, para ser representados en una tumba; o también
a los cultos dionisíacos, en los que el vino y la actividad
social asumen un papel central. Son muy raras, en época
arcaica, las citaciones explícitas de mitos griegos,
de las que actualmente se conoce un único ejemplo: la
emboscada de Aquiles a Troilo en la llamada Tumba de los Toros,
que pretende exaltar las virtudes heroicas y el rango del difunto
comparando sus empresas con las de los héroes homéricos.
A partir de la segunda mitad del siglo V a.C. aparecen los primeros
signos de un nuevo concepto de la muerte llegado del mundo griego
con la introducción de religiones mistéricas de
tipo órfico pitagórico. Éstas aportan una
visión distinta del mundo ultraterreno, ligada a la esperanza
de salvación de los difuntos y con referencias a un más
allá poblado por demonios monstruosos y personajes de
la mitología griega. De finales del siglo V a.C. data
la escena más antigua que se conoce de la pintura funeraria
etrusca ambientada en el hades, pintada en la pared derecha
de la Tumba de los Demonios Azules, último hipogeo importante
decorado con frescos que se ha descubierto en Tarquinia. El
camino que la difunta debe recorrer para alcanzar el más
allá es tortuoso y está poblado por una pluralidad
de figuras infernales. Algunas de estas figuras son de clara
ascendencia griega como Caronte (el barquero de almas) y Eurínomo
(demonio devorador de cadáveres), mientras que otras
anticipan y prefiguran las numerosas entidades infernales etruscas
conocidas a través de las tumbas del siglo IV a.C., como
por ejemplo el terrorífico Tuchulca (de cabello serpentiforme
y pico ganchudo). La estructura de la tumba también experimenta
cambios por la progresiva ampliación de la cámara
sepulcral, destinada en época helenística a acoger
a todo el grupo familiar (a varias generaciones incluso). Los
restos mortales se depositan ahora dentro de sarcófagos
de piedra y de terracota, sobre cuyas tapas se encuentra esculpida
la figura semitendida del difunto en el momento del banquete.
Los ajuares fúnebres no alcanzan ya la espectacularidad
y suntuosidad de los de la época de los príncipes,
pero continúan subrayando y exaltando el papel del difunto
y su clase social. El muerto era sepultado con su vestimenta
y ornamentos personales (collares y joyas) y junto a su cuerpo
se situaban los objetos que definían su sexo y su rol
(armas y objetos de gimnasio para los hombres y joyas para las
mujeres). Decoraban la cámara también todas las
manufacturas destinadas a acompañar a los difuntos en
el más allá y que subrayaban su rango (ante todo
el servicio de banquete). |
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