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LA PERIODIFICACIÓN
Los hechos históricos de los etruscos, a quienes los
griegos llamaban tyrshenoi o tyrrhenoi, como el mar al que se
asomaba su territorio, y los latinos tusci o etrusci mientras
que ellos mismos se denominaban rasenna, se sitúan en
un periodo de casi un milenio, entre la primera Edad del Hierro
y la definitiva sujeción a Roma de todos sus centros.
Tito Livio, el gran historiador latino que vivió en época
de Augusto, insiste en la potencia, la riqueza y la fama de
este pueblo y sintetiza el papel que los etruscos tuvieron en
el ámbito de la Italia prerromana, recordando que “la
potencia de los etruscos, antes del dominio de Roma, estaba
muy extendida por tierra y por mar”. El propio Catón
sostiene que casi toda Italia había estado bajo el dominio
de los etruscos.
Civilización Vilanoviana
(900 a.C.): sociedad igualitaria. Aldeas con chozas
situadas a lo largo de las vías de comunicación
naturales. Necrópolis con tumbas en forma de pozo (incineración)
con ajuares constituidos por escasos materiales.
Contactos con la civilización
fenicio-púnica (800 a.C.).
Civilización Orientalizante
(725 a.C.): aparición de núcleos familiares
hegemónicos y tumbas monumentales. Acumulación
de “bienes de prestigio”. Introducción
del alfabeto griego en Etruria.
Sociedad urbana (580 a.C.):
formación y crecimiento de las ciudades bajo el control
de estructuras orgánicas. Desarrollo de la edificación
y de la escultura monumental. Tumbas en cámara pintadas.
Período de influencia jónica y ática
(cerámica de importación con figuras negras
y rojas e imitaciones). Organización de talleres de
broncistas a gran escala.
Edad clásica (480 a.C.):
derrota de los etruscos en Cuma a manos de los Siracusanos.
Comienzo de un período de retroceso económico:
punto de inflexión en el comercio y las importaciones.
Edad helenística (325 a.C.):
consolidación de las diferencias sociales (aparición
de la clase media). Influencia del arte griego en Etruria.
Gran edificación pública. Producción
“industrial” de cerámica, bronces, etc.
Integración en el estado
romano (90 a.C.).
La “nación etrusca” se fue definiendo
entre finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad
del Hierro. En esta fase grupos familiares que vivían
en pequeños asentamientos de cabañas, en alturas
fácilmente defendibles de la Italia central tirrena,
abandonaron sus emplazamientos originales para instalarse,
en grupos mucho más numerosos, en poblados situados
en los mismos lugares donde se desarrollarían las ciudades
etruscas de época histórica. Ocuparon grandes
planicies en las que se desarrollaron sucesivamente las ciudades
de Veyes, Cerveteri, Tarquinia o Vulci, puntos neurálgicos
para el control de importantes vías de comunicación,
como Orvieto y Volterra, o emplazamientos en el mar Tirreno
como Populonia. Todos estos asentamientos tenían en
común, originariamente, un ritual funerario que caracteriza
a la cultura "vilanoviana" (llamada así por
el lugar, Vilanova di Castenaso, cerca de Bolonia, donde fueron
descubiertas por primera vez las típicas sepulturas
de incineración caracterizadas por la presencia de
un vaso bicónico cubierto por un yelmo), un tipo de
sepultura que resulta exclusivo y que por ello caracteriza
el territorio ocupado en época histórica por
los etruscos.
La rápida transformación del mundo etrusco,
que ya en la segunda mitad del siglo VIII a.C. manifiesta
un nivel cultural y de riqueza excepcional, se explica por
el contacto con el mundo griego, que en el transcurso del
siglo VIII a.C. asentó sus colonias en la Italia meridional
y Sicilia. Esta precocidad en las relaciones y el rápido
desarrollo de la civilización etrusca estuvieron determinados
por la riqueza de sus recursos; en especial por la presencia
en su territorio de abundantes yacimientos de minerales (hierro,
cobre, plomo y plata) que constituían, junto con la
actividad agrícola y comercial, una fuente extraordinaria
de riqueza. La materia prima y también los productos
manufacturados se convirtieron en preciosas mercancías
que intercambiar en el intenso movimiento comercial liderado
por griegos y fenicios, en el que también participaban,
en medida notable, los propios etruscos. Los griegos, al igual
que los fenicios, que navegaron desde épocas muy antiguas
hacia Occidente interesados en los intercambios con otras
zonas del Mediterráneo ricas en materias primas y sobre
todo en metales (como Cerdeña y la Península
Ibérica) fueron atraídos por los importantes
recursos minerales de Etruria. Por ello, entraron en contacto
con la rica sociedad aristocrática etrusca, presta
a acumular objetos de prestigio procedentes tanto del mundo
griego como de los países orientales, y dispuesta a
adquirir nuevas tecnologías y acoger usos e ideologías
de países culturalmente más avanzados. La influencia
griega es particularmente significativa y evidente en el transcurso
del periodo “orientalizante” (mediados del siglo
VIII y el siglo VII a.C.). Estas relaciones comerciales y
culturales con el mundo griego determinaron importantes innovaciones
en el sistema de producción agrícola, la artesanía
y el comercio, y posibilitaron la distribución de la
riqueza y la formación de una estructura social más
articulada. Estos cambios pueden considerarse el elemento
fundamental del florecimiento de las ciudades, que alcanzaron
su máximo esplendor en el siglo VI a.C., y de las transformaciones
de orden político dentro de la sociedad: al dominio
incontestado de los príncipes, basado en vínculos
de sangre y el sometimiento de las clases subalternas, le
sucede la supremacía económica y política
de los ciudadanos libres pertenecientes a las nuevas aristocracias
dedicadas a la actividad agrícola, comercial y artesana. |
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