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ITALIA  -  LOS  ETRUSCOS

LAS CIUDADES

La Etruria estaba situada en el área de la Italia central que da al Tirreno. Tenía como límite norte la cuenca del río Arno y como límites este y sur el curso del río Tíber, haciendo frontera con diversos pueblos itálicos (lígures, umbros, sabinos y latinos). Según las fuentes literarias antiguas, confirmadas a través de una rica documentación arqueológica y epigráfica, el dominio etrusco se extendía al norte por la llanura Padana hasta el Adriático y al sur hasta la Campania. Incluso la propia Roma, importante ciudad latina, estuvo sometida a la influencia política y cultural de los etruscos entre finales del siglo VII a.C. y finales del VI a.C., durante el reinado de los soberanos de origen etrusco Tarquinio Prisco y Tarquinio el Soberbio.

La “nación etrusca” estaba formada, en época histórica, por centros urbanos caracterizados por una completa autonomía política, muy parecida a la de las “ciudades estado” o poleis griegas. Estos centros urbanos incluían las grandes ciudades y los centros menores dependientes de las mismas y, por tanto, vinculados a ellas. La tradición hace referencia a una “dodecapoli” etrusca, una federación formada por las doce ciudades más importantes de su territorio (Cerveteri, Tarquinia, Vulci, Ruselas, Vetulonia, Veyes, Orvieto, Chiusi, Cortona, Perugia, Arezzo y Volterra) que, reconociendo su unidad étnico religiosa, se reunían en fiestas anuales que se celebraban en el “Santuario de Voltumna” (Orvieto) en las que, además del evento cultural, se debatía sobre problemas políticos e iniciativas comunes.

Entre los siglos VI Y V a.C. alcanzaron su máxima prosperidad y esplendor las ciudades de Tarquinia, Cerveteri, Vulci y Tarquinia, considerada la “cuna de la nación etrusca”. La ciudad de Cerveteri, cuya economía se basaba originariamente en la agricultura, alcanzó un rápido desarrollo económico y cultural a partir de la explotación de los yacimientos de minerales y la comercialización de refinados productos manufacturados en bronce de fabricación local (la llegada de artesanos procedentes de Jonia, tras las invasiones persas en el siglo VI a.C., contribuyó de forma notable a elevar el nivel artístico de los talleres y a especializar su producción). La amplitud del tráfico comercial está documentada por la presencia en el territorio costero de tres puertos, entre los que destaca el de Pyrgi (Santa Severa). La ciudad de Vulci, cuyas necrópolis ponen de manifiesto las enormes riquezas acumuladas por sus habitantes, desarrolló una producción local de altísimo nivel, especialmente cerámica de imitación corintia (su ventajosa posición geográfica favorecía el comercio a través de su puerto en la costa del Tirreno). Otras ciudades de la Etruria interior como Veyes (a las puertas de Roma y en permanente confrontación con ella por la posesión de las salinas existentes cerca de la desembocadura del Tíber), Volterra, Orvieto y Chiusi tuvieron un desarrollo y un florecimiento análogos a los de las ciudades del litoral (sobresalía particularmente Chiusi, situada no lejos del lago Trasimeno, en un área muy fértil y en una posición privilegiada como nudo de comunicaciones para el tráfico comercial), mientras que los centros de la Etruria oriental como Perugia, Cortona o Arezzo, parecen haber tenido una formación más lenta.

La próspera vitalidad de las ciudades de Etruria, sobre todo del área costera, sufre una inflexión a mediados del siglo V a.C. debido a la conjunción de una serie de acontecimientos negativos que llevarán al desmoronamiento de la nación etrusca. Entre otros destaca la grave derrota naval infligida a la flota etrusca en aguas de Cumas en el 474 a.C. a manos del tirano de Siracusa Hierón, que determinó una profunda crisis de la actividad comercial y serias repercusiones económicas por la disminución de la demanda de bienes por parte de las capas medias; la afirmación de la hegemonía de Roma, que empezó a representar un serio peligro para la propia autonomía de las ciudades etruscas; y la amenaza de poblaciones célticas, que habían penetrado hacía tiempo en Italia a través de los Alpes (en el 387 a.C. los galos liderados por Brenno, tras haber derrotado a los romanos cerca del río Allia, devastaron los centros etruscos de la región).

Las ambiciones expansionistas de Roma llevaron a la reanudación de la guerra contra Veyes (406-396 a.C.), que solició ayuda a las ciudades federadas. Ésta, al no recibir ayuda (no se alcanzó un acuerdo para intervenir), se encontró sola en el combate contra Roma y fue tomada y destruida en 396 a.C. y su territorio anexionado al Estado romano. Tras la caída de Veyes, las ciudades etruscas, que no lograron superar su individualismo de ciudad estado, fueron conquistadas por Roma. La progresiva capitulación y la entrada en la órbita de Roma de Tarquinia, Cerveteri y Vulci y su sujeción a Roma marca el principio del último periodo de la historia etrusca. Roma, tras haber derrotado definitivamente en 380 a.C. a la coalición de ciudades etruscas, impuso a las ciudades de la “Federación Etrusca” una serie de vínculos y cláusulas, que resultaron más o menos duros según el comportamiento que hubieran tenido frente a la potencia vencedora, aunque todas pagaron su resistencia con fuertes límites a su autonomía política y administrativa y con la imposición de tributos. Éstos resultaron particularmente gravosos para las ciudades, obligadas a proporcionar a Roma hombres y medios para los continuos combates y expediciones militares. A principios del siglo I a.C. los etruscos obtuvieron la ciudadanía romana y su territorio, siguiendo la subdivisión en once regiones del territorio de Italia establecida por el emperador Augusto, pasó a formar parte de la VII regio, conservando el nombre de Etruria.

La arquitectura doméstica

En líneas generales el análisis de los contextos evidencia una escasa homogeneidad de las tipologías arquitectónicas adoptadas en la casa etrusca, ya que la elección de un modelo u otro estaba condicionada, en cada horizonte cronológico, por el entorno, el contexto socioeconómico, sus funciones y, en un momento más avanzado, por la estructura urbanística. El cambio más significativo experimentado por la estructura residencial fue, indudablemente, el abandono de la cabaña en favor de la casa de albañilería que, a lo largo del siglo VII a.C., se consolidó progresivamente en el ámbito de la planificación racional de los grandes centros urbanos. La planta de las viviendas era rectangular, con un largo frente de fachada en el que se situaba la puerta de entrada, con una disposición interna que preveía una sola estancia cuadrangular o bien, más habitualmente, dos o tres estancias alineadas, a veces precedidas de un pórtico. La cubierta, inicialmente de paja, consistía en un tejado a doble vertiente o plano, realizado con tejas rectangulares unidas mediante tejas semicilíndricas, según un uso procedente del mundo helénico.

A lo largo del siglo VI a.C., con la eclosión de la nueva clase social “acomodada”, se consolidaron las casas con una distribución que remite a la de las tumbas de cámara de la misma época. La planta comprendía un pasillo de entrada y un vestíbulo de planta rectangular desarrollado en sentido horizontal, al fondo del cual se abrían dos o tres estancias alineadas. En el mismo periodo se impuso un nuevo tipo de edificación caracterizado por una planta más o menos cuadrada con estancias distribuidas en torno a un atrio interior (normalmente cubierto por un cuadripórtico con pendientes inclinadas hacia el centro para la recogida de aguas de lluvia y la aireación e iluminación de los ambientes que lo rodean). La entrada principal de la casa se situaba en un pórtico que introducía en un ambiente dedicado al culto doméstico y estaba abierto al atrio, desde el cual se subía a las estancias reservadas a la pareja conyugal. Había además un ambiente destinado a los banquetes en el que, siguiendo una moda griega cada vez más difundida, los comensales se reclinaban sobre lechos colocados a lo largo de las paredes.

El proceso de organización racional de los espacios encontró fuertes dificultades en los centros más antiguos, que habían ido creciendo a lo largo del tiempo y se desarrolló plenamente en las ciudades de nueva fundación, donde los edificios reflejaban la estructura igualitaria que la sociedad etrusca iba asumiendo en el arcaísmo tardío. Así, en el siglo V a.C., en Marzabotto y Spina, dos ciudades de nueva fundación, el tejido urbano se definió en función de la afirmación y consolidación de una clase media partidaria de tendencias igualitarias y uniformadoras, en las que se hizo un uso realmente consecuente del sistema urbanístico teorizado por Hipódamo de Mileto, que preveía redes de calles ortogonales e insulae de casas regulares. Éstas, seguían un modelo planimétrico en el que las estancias estaban colocadas en torno a un peristilo, que constituirá durante siglos la tipología de la domus romana.

La escasez de fragmentos muebles identificados en los diferentes contextos residenciales del periodo arcaico recomienda el análisis del vasto repertorio figurativo de las tumbas para conocer cómo eran los muebles de la casa, tan bien ejemplificados en las pinturas de Tarquinia y en la decoración de la Tumba de los Relieves y la Tumba de los Escudos y las Sillas de Cerveteri.

El palacio del príncipe

Un nuevo modelo de residencia señorial, el palacio, surge en Etruria entre finales del siglo VII a.C. y principios del siglo VI a.C. Generalmente aislados, los palacios eran habitados por la nueva clase aristocrática: los princeps de pequeños centros rurales de poder que se enriquecían con la explotación de la tierra y materias primas abundantes en la región. Las residencias aristocráticas descubiertas en los centros etruscos menores de Murlo y Acquarossa se articulan alrededor de un patio central porticado, junto al que se disponen ambientes destinados a la vivienda, al culto y al almacenamiento de los productos del campo. El patio porticado, al igual que en Asia Menor y en Chipre, era el lugar donde se desarrollaba la vida “elitista” del soberano que en Etruria respondía a instancias muy precisas en el ámbito de la representación y el ejercicio del poder. El palacio de Murlo muestra una planimetría muy afín a la de las residencias coetáneas de los soberanos orientales, que sirven de referencia para comparaciones puntuales, como son los ejemplos de Larisa en la Eolia asiática o del palacio de Vouni en Chipre. El conocimiento de estas residencias podría haber llegado a Etruria a través de maestros llegados de regiones orientales, o bien mediante los ya florecientes intercambios comerciales con las islas griegas y la costa turca.

Los techos y los pórticos de los edificios palatinos se embellecían con decoraciones arquitectónicas de arcilla, pintadas en blanco, rojo, negro y marrón. Los temas ornamentales reflejaban cuestiones de tipo ideológico seleccionadas específicamente, que exaltaban el estatus social de quien había encargado la obra. En el caso del palacio de Murlo las lastras muestran escenas de banquete y carreras de caballos y en el caso de Acquarossa la presencia de Heracles en las escenas de cortejo lleva a pensar en la autoidentificación del soberano con el héroe, lo que supone un conocimiento “culto” del mito griego.

La arquitectura sacra

El santuario era el espacio que la comunidad destinaba al dios para que hiciera de él su morada. El área consagrada, templum, estaba delimitada por un muro continuo o por piedras usadas como cipos de límite y en su interior se encontraba el altar en el que los animales eran sacrificados en honor de las divinidades. Originariamente, en el interior del recinto sagrado, la casa del dios no era muy diferente de la de los hombres: consistía en una simple cabaña hecha de troncos y ramas. Si bien a posteriori pasó a ser un edificio construido en albañilería con techo de tejas, el aspecto siguió siendo modesto en aquellas áreas donde las grandes familias nobles mantenían sus privilegios y tradiciones, ya que estas familias celebraban el culto doméstico en honor a los antepasados en pequeños templos dentro de sus palacios, concentrando toda su atención en el embellecimiento de sus residencias privadas. La aparición de edificios de culto monumentales se desarrolló en el ámbito de los centros urbanos entre finales del siglo VII a.C. y principios del siglo VI a.C., coincidiendo con la formación de una nueva clase social compuesta por una capa de ciudadanos acomodados que pasó a predominar sobre la antigua aristocracia que ostentaba el poder.

Roma ofrece un punto de observación muy significativo para comprender lo que sucedió en las ciudades etruscas que se iban formando en esta fase. Bajo la dominación de los reyes etruscos Roma alcanzó las dimensiones y la estructura urbanística y cultural de una ciudad muy vasta, la mayor de toda la Italia Central. En este período se consolida la tipología del templo que Vitrubio define como “tuscánico” (etrusco), que difiere del templo griego tanto por los materiales de construcción como por la forma: erigido sobre un alto basamento moldurado, el templo etrusco presenta una planta casi cuadrada con columnas muy distanciadas y tejado con armazón de madera cubierto con elementos de protección y decoración en terracota. Entre los templos más antiguos de tipo “tuscánico”, el más conocido es el que se encuentra situado en el Foro Boario, dedicado a Mater Matuta, divinidad indígena correspondiente a la griega Leucotea, protectora del mundo femenino y de los alumbramientos. Los restos conservados documentan dos momentos constructivos del edificio: de la fase más antigua, que puede situarse en los primeros decenios del siglo VI a.C, se conserva el podio, parte del alzado de la cella y parte de la preciosa decoración del frontón en terracota. De la reconstrucción del templo en época de Tarquinio el Soberbio (534-509 a.C.), se conserva el podio que recubrió el anterior, ampliando un poco su superficie, y una parte muy significativa de la decoración de terracota. Junto al podio antiguo, en la parte trasera del templo, se encontró un depósito votivo con un centenar de objetos, en su mayoría vasos de importación del mundo griego y de producción local, que atestiguan la importancia de este templo, erigido a los pies del Capitolio, en las proximidades del atracadero fluvial.

De los templos etruscos anteriores a la conquista de Etruria por Roma destacan el Templo de Voltumna y el dedicado a la diosa Leucotea en Pyrgi, puerto principal de la ciudad de Caere. Este santuario es recordado por las fuentes clásicas no sólo debido a su importancia, sino también por el dramático expolio llevado a cabo por Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa que, aduciendo como motivo de su agresión las incursiones de la piratería etrusca, lideró en el año 384 a.C. una expedición naval que depredó el santuario, apoderándose de sus inmensas riquezas.
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